Diaporama de Pablo Neruda.
Traitement des images, restauration, Guy Desmurs

Citation de Pablo Neruda

lundi 29 novembre 2010

Pablo Neruda, Julio Verne y las lágrimas de María Celeste

Por Enrique Robertson
La casa frente al mar adquirida por Pablo Neruda en 1939, ampliada y decorada por él con objetos, muebles y cosas que había comenzado a atesorar allí desde hacía más de una década, fue cedida a fines del año 1951, por el verano que entonces comenzaba, en préstamo y al cuidado de una persona conocida y de confianza del vate. Esa persona era -y debía ser- ajena a las ideas políticas del poeta. Éste requisito, en las circunstancias del momento, era indispensable. Neruda estaba ausente de Chile; exiliado para escapar de la persecución de un ya casi olvidado aprendiz de tirano. Su casa no podía permanecer cerrada por más tiempo o parecer abandonada; el peligro de que cualquier noche fuese saqueada, quemada o destruída, era inminente.
Arturo Aldunate Phillips y su esposa Lucía pasaron en eIla los meses de enero y febrero de 1952. Tanto les agradó el costero lugar, que ese mismo verano compraron un terreno en la vecindad. Y tan pronto como pudieron iniciaron la construcción de una vivienda; que, más que casa, imaginaron barco. La inauguraron a fines de febrero de 1953 bajo el nombre de María Celeste. Y desde entonces fue
el María Celeste, si un día era bergantín. Y la María Celeste, si al otro amanecía como goleta. Como la casa de Neruda, el o la María Celeste de los Aldunate Phillips nació mirando al mar. Pero, como precisó el poeta, mirándolo desde la otra punta de la Isla.
Así fue como, hace algo más de medio siglo, se construyó en Isla Negra un bergantín goleta que no 
era tal, en la otra punta de una isla que tampoco era isla ni tenía puntas. Éste si es no es, -que puede ser o no ser- es la característica principal de lo que aquí relataremos.
En su libro de recuerdos
Mi pequeña historia de Pablo Neruda, Aldunate Phillips cuenta la historia de ambas casas; y relata cómo y por qué, durante 40 años, mantuvo una estrecha, leal e inalterable amistad con el poeta.
Esa amistad se inició en 1939, cuando Neruda volvió de Francia a Chile y buscó por todo Santiago al personaje que un par de años antes, el 26 de junio de 1936, en la Posada del Corregidor y en el marco de las actividades de la Sociedad Amigos del Arte, había dado una charla titulada
El nuevo arte poético y Pablo Neruda. Había sido él, Arturo Aldunate Phillips, quién dió esa exitosa charla, repetida poco después en forma de conferencia en el Salón de Honor de la Universidad de Chile (1).
Por eso era que Pablo Neruda quería conocerle personalmente.
Poco después, el poeta volvió a buscarle. Ésta segunda vez llegó a pedirle apoyo para tramitar ante don Carlos G. Nascimento un asunto relacionado con un proyecto editorial. Esperaba, claro, acordar con él la edición de un libro.
sentido del humor. Raúl Simón, que así se llamaba, firmaba como César Cascabel sus celebrados artículos humorísticos en el diario La Nación. Con su nom de plume, Raúl Simón homenajeaba a Julio Verne, francés como sus progenitores. Como todo buen lector de Julio Verne sabe, César Cascabel es el personaje protagonista de la novela del mismo nombre (1890). Quede ésto dicho, como pretexto para mencionar por primera vez a Julio Verne en ésta cascabeleante anti-investigación. Pero además quería obtener del editor, al firmar el contrato, un inmediato adelanto que le permitiese financiar la urgentísima compra de una casa a medio construir, que se vendía entre el puerto de San Antonio y las playas de Algarrobo. Se trataba naturalmente de la que ya hemos mencionado, que con los años se transformaría en su famosa casa de Isla Negra. La casa -y, sobre todo, su entorno- había de tal modo fascinado a Neruda, que por ningún motivo quería perder la oportunidad de comprarla. Aldunate Phillips logró mediar positivamente entre su reciente amigo y don Carlos Nascimento. Resultó de ello un acuerdo, en el que el mismo Aldunate Phillips se comprometía y que hacía posible el milagro financiero; 30.000 pesos en adelanto por los derechos de la edición de una selección de poemas -que vino a editarse finalmente en 1943- hicieron realidad el sueño del vate. La mediación del ingeniero Aldunate Phillips no ha de haber sido necesaria sólo porque 30.000 pesos de la época eran una nada despreciable suma; sino también porque Don Carlos no podía decidir tan extraordinarias condiciones para un libro de poesía, sin antes contar con la aprobación de su socio principal, un ingeniero también. Lo que debió primar para que éste colega de Aldunate -escritor además, y editor de vocación- sin vacilar se manifestase de acuerdo, ha de haber sido su muy fino
En 1953, una década después de la aparición de la selección de poemas nerudianos que estuvo a su cargo, se hizo realidad el sueño de la veraniega casa-barco en Isla Negra del prologuista de aquella edición tan curiosamente gestada. Por qué Aldunate Phillips le dió el nombre de María Celeste a su casa, no queda explicado en su libro de recuerdos. Su lectura, que prueba que Neruda no estuvo en la fiesta de bautismo e inauguración, no deja entrever indicios que permitan sostener que fue el poeta quién se lo sugiriera. Resulta incluso posible, que lo contrario haya sucedido. Pero es más probable que la misteriosa historia del navío María Celeste fuese conocida de Neruda desde antes de saber que Aldunate Phillips había bautizado su casa con ese nombre. Legendaria desde el comienzo, esa enigmática historia -como la de El Holandés Errante o la de El Caleuche chileno- reaparece fantasmalmente de tiempo en tiempo -en revistas, diarios y libros- especialmente cuando se conmemora alguna fecha relacionada con ella. Como nadie ignora, enigmas de ese tipo fascinaban a Neruda. Sin saber si es o no es pertinente, diremos que Neruda escribió El fantasma del buque de carga en 1932, año en que se conmemoraba el sexagésimo aniversario del inexplicable misterio del María Celeste. El enigmático caso dió mucho que hablar en todos los puertos del mundo; y dió lugar a muchas especulaciones. Algunas de ellas las hicieron autores que Neruda leía. Tal es el caso de Sir Arthur Conan Doyle que escribió su propia versión y solución del misterio en 1884; dato que también importa mencionar aquí porque Neruda fecha los hechos relacionados con el buque de carga María Celeste en 1882, orientándose en el relato de Conan Doyle. Lo cierto es que la verdadera historia aconteció diez años antes. Más pruebas de que Neruda se interesó por ese gran misterio de los mares, son fáciles de encontrar en sus memorias; y también en Isla Negra. Allí está el tan bello y conocido mascarón de proa que lleva ese nombre. Hay también pruebas de menor volúmen, que están envasadas en botellas herméticamente selladas: los barquitos. Antes de proseguir, para entendimiento de lo que plantearemos después, mencionaremos dos datos periodísticos fechados en noviembre de 1922. El uno recordó en varios semanarios de la época, que se cumplía medio siglo desde que el María Celeste zarpara el 7 de Noviembre 1872 del puerto de Nueva York. Pocos días después, en alta mar, el capitán, su esposa e hija, y todos los miembros de la tripulación, desaparecieron misteriosamente de esa nave; inexplicablemente y sin dejar huella alguna.
Y el otro, que el 14 de Noviembre 1889, y también desde Nueva York, había emprendido su sensacional viaje alrededor del mundo la joven periodista
Nellie Bly. El motivo para rememorar el famoso viaje de Nellie Bly en las noticias destacadas de 1922, fue que ese año había fallecido la destacada pionera del periodismo femenino. Faltando aún toda una década para la llegada del siglo XX, Nellie Bly dió la vuelta al mundo en 72 días, superando sola y en carne y hueso -sobre todo esto último, porque regresó a su punto de partida con un pié fracturado- el literario récord de Phileas Fogg y su criado Passepartout, famosos personajes del no menos famoso Julio Verne; autor que queda así mencionado aquí por segunda, pero no por última vez.
Dicho lo anterior, retomaremos el hilo relatando una anécdota que cuenta Aldunate Phillips en su pequeña historia de Pablo Neruda; se trata de una que, en el gran anecdotario nerudiano, solamente él ha contado.

Arturo Aldunate Phillips recuerda que años después de la construcción de su casa -no cita la fecha exacta, pero como en su texto hay un claro antes y después del quinto aniversario de su María Celeste, celebrado en 1958, se puede deducir que fue un poco antes- Pablo Neruda le invitó para mostrarle un mascarón de proa que había sumado a su colección. Era, dice, la hermosa imágen tallada en madera de una joven cuyo rostro tenía un parecido con el de Lucía, su esposa.

El vate llamaba María Celeste a esa figura, explicándole que cuando así la bautizó ignoraba que su casa barco tenía el mismo nombre. Considerando que lo lógico sería que pasase por eso a poder suyo, Neruda le habría hecho la oferta de cedérsela a cambio de un cuadro que él poseía: un simbólico óleo llamado
Los atributos del hombre, cuadro por el que ya anteriormente el vate había mostrado gran interés. La historia deriva en detalles relacionados con defunciones y herencias. Pero en resúmen: no se llegó en esa ocasión a un acuerdo de trueque del cuadro por la mascarona, y cada cual se quedó con lo suyo.
No tenemos por qué poner en duda lo que en su libro relata Aldunate Phillips. Pero sosteniendo, también sin duda alguna, que ha de haberse tratado de otra figura; y no de la enigmática, conocida, 
envidiada y más bella de todas las mascaronas de proa, la nombrada María Celeste en la colección nerudiana. De eso no puede caber a nadie ni la menor duda. Porque nuestra afirmación tiene un fortísimo sostén; que salta a la vista con sólo mirar la ilustración de la portada del libro de Aldunate Phillips. La fotografía de la mascarona que él allí identifica como María Celeste -repitiéndola en la página 160- permite comprobar de inmediato que no es ella. La figura que él identifica como María Celeste es Jenny Lind, el ruiseñor de Suecia, la amada de Hans Christian Andersen.
¿Por qué esa confusión?. Ah!. Misterios nerudianos. El evidente parecido de las facciones de Lucía de Aldunate con las de esa figura, que incluso hace malpensar que hubiese sido tallada así a propósito, es una rara curiosidad que no debió escapar a la observación del poeta. Ello explicaría por qué Neruda estuvo dispuesto a cedérsela a cambio del cuadro. La, llamémosla por ahora "la auténtica", María Celeste -que, como veremos, aún no poseía- no la habría cambiado él por ningún tesoro del mundo.

¿Cabría la posibilidad de que la
verdadera María Celeste fuese aquella con la que Arturo Aldunate Phillips ornó en 1979 la portada de su pequeña historia; es decir, (Lucía) Jenny Lind?. Esa pregunta se puede contestar con un rotundo no. Un no, válido por lo menos a partir de comienzos de los años sesenta. Porque en Una casa en la arena, editado en 1966 en Barcelona, la María Celeste que aparece allí retratada en todo su esplendor, es la que conocemos con ese nombre; la mascarona más querida e historiada de toda la colección del poeta. Dice el poeta, en éste libro suyo, muy anterior al de Aldunate Philips:
"Alain
(2) y yo la sacamos del mercado de las Pulgas donde yacía bajo siete capas de olvido. En verdad costaba trabajo divisarla entre camas desmanteladas, fierros torcidos. La llevamos en aquel coche de Alain, encima, amarrada, y luego en un cajón, tardando mucho, llegó a Puerto San Antonio. Solimano (3) la rescató de la aduana, invicta, y me la trajo hasta Isla Negra. Pero yo la había olvidado. O talvez conservé el recuerdo de aquella aparición polvorienta entre la ferraille. Sólo cuando destaparon la pequeña caja sentimos el asombro de su imponderable presencia.
Fue hecha de madera oscura y tan perfectamente dulce! Y se la lleva el viento que levanta su túnica! Y entre la juventud de sus senos un broche le resguarda el escote. Tiene dos ojos ansiosos en la cabeza levantada contra el aire. Durante el largo invierno de Isla Negra algunas misteriosas lágrimas caen de sus ojos de cristal y se quedan por sus mejillas, sin caer. La humedad concentrada, dicen los escepticistas. Un milagro, digo yo, con respeto.

No le seco sus lágrimas, que no son muchas, pero que como topacios le brillan en el rostro. No se las seco porque me acostumbré a su llanto, tan escondido y recatado, como si no debiera advertirse. Y luego pasan los meses fríos, llega el sol, y el dulce rostro de María Celeste sonríe suave como la primavera. Pero, ¿por qué llora?
".

En
Confieso que he vivido, agrega:
"Yo tengo mascarones y mascaronas. La más pequeña y deliciosa, que muchas veces Salvador Allende me ha tratado de arrebatar, se llama María Celeste. Perteneció a un navío francés, de menor tamaño, y posiblemente no navegó sino en las aguas del Sena. Es de color oscuro, tallado en encina; con tantos años se volvió morena para siempre. Es una mujer pequeña que parece volar con las señales del viento talladas en sus bellas vestiduras del Segundo Imperio. Sobre los hoyuelos de sus mejillas, los ojos de loza miran el horizonte. Y, aunque parezca extraño, estos ojos lloran durante el invierno, todos los años. Nadie puede explicárselo. La madera tostada tendrá talvez alguna impregnación que recoge la humedad. Pero lo cierto es que estos ojos franceses lloran en invierno y que yo veo todos los años las preciosas lágrimas bajar por el pequeño rostro de María Celeste".
Y reitera en
Para nacer he nacido, mirando quizá una fotografía que en 1964 aparece en Genio y Figura de Pablo Neruda (Margarita Aguirre) "...de este largo cajón parecido a un ataúd sale un dulce rostro de mujer, altos senos de madera que cortaron el viento, unas manos impregnadas de música y salmuera. Es una figura de mujer, un mascarón de proa. La bautizo María Celeste porque trae el misterio de una embarcación perdida. Yo encontré su belleza radiante en un bric à brac de París, sepultada bajo la ferretería en desuso, desfigurada por el abandono, escondida bajo los sepulcrales andrajos del arrabal. Ahora, colocada en la altura navega otra vez viva y fresca. Se llenarán cada mañana sus mejillas de un misterioso rocío o lágrimas marinas".
Esas lágrimas, su frase: "
La bautizo María Celeste porque trae el misterio de una embarcación perdida ", y un párrafo de un artículo suyo aparecido en 1966 en la revista Ercilla y después en Confieso que he vivido: "El maestro Hollander me deleitó también haciendo para mí dos versiones de la María Celeste que desde 1882 se convirtió en estrella, en misterio de los misterios" nos incitaron a anti-investigar estos enigmas, pero sobre todo esas lágrimas...
También influyó el que en parte conociésemos la historia del barco y la versión fabulada por Conan Doyle. Y también porque conocimos al maestro Holländer. Aclararemos primeramente 
ésto último, haciendo gratos recuerdos a la manera de Aldunate Phillips:
Al sur de Concepción, cruzando el Bío Bío y siguiendo hacia la Zona del Carbón, en el Golfo de Arauco a orillas del mar, entre Lota y Schwager, está Coronel.Allí, en la calle Los Carrera 254, vivió hasta comienzos de los años 60 el pintor don Tulio García París con su esposa la señora Norma Albisini -Asistente Social de los mineros del carbón- una hija y un hijo. Éste último fue compañero de estudios del autor de éstas líneas en la Universidad de Concepción. La casa de los García Albisini fué una de las pocas que, en esa sufrida calle Los Carrera, no resultó dañada por el 
terremoto de mayo de 1960.
Ello permitió que los cuadros del pintor, sus dibujos, sus libros y objetos, que tenía en gran número en esa casa, se salvasen del cataclismo como si poco o nada hubiese sucedido. Para alegría de Don Tulio, cuyo interés por todos los aspectos de la cultura era -es, puesto que está vivo- inagotable. Por muchos años, e inmejorablemente, representó él, en Coronel y toda la zona, a la intelectualidad de su partido. La importancia político-social de la Zona del Carbón, hacía posible que a Coronel llegasen visitas de gran importancia. Justo al lado de la casa de Don Tulio, en una casona que muchísimos años antes se llamó
Hotel La Bomba que sufrió las consecuencias del sismo de tan mala manera que después tuvo que ser demolida, estaba el Bar Restaurante Hidalgo, perteneciente a un republicano español de gran actividad política. Allí, en ese Bar que ya no existe, estuvo el gran pintor mexicano Diego Rivera, el poeta Pablo de Rokha y mucha otra gente interesante. Neruda estuvo en el Bar Hidalgo más de una vez. Una de ellas se hizo acompañar por don Tulio García hasta una modestísima vivienda ubicada a unos 800 metros del Bar, en una angosta callejuela de arena apisonada que, sin ser una continuación, era, al límite sur de Coronel, una especie de prolongación peatonal de la Calle Los Carrera. En las ventanas de esa casita, utilizadas a modo de vitrina, se exhibían para su venta unas manualidades que maravillaban al poeta: los barcos que con increíble maestría construía dentro de botellas don Carlos Hollander. Allí vimos una vez al maestro.
 
Neruda le compró toda una flota al maestro Hollander. Y, como habían conversado en cada visita que le hizo, un día resumió todo lo que sabía de él y escribió un artículo que publicó en una revista de gran difusión; el poeta presentó a don Carlos a todo Chile. Además, una vez le hizo un doble encargo: construir un barco muy especial, el María Celeste, dos veces. Por qué y para qué quería tener el María Celeste por partida doble?; Neruda no lo explicó. Y nunca nadie se lo preguntó. Don Tulio tampoco. Acaso fuese para cambiar una, por otra vista por ahí. Pero, si así fue, el trueque no se llevó a cabo; las dos botellas idénticas están en Isla Negra. Podría decirse que, tallada o embotellada, la María Celeste no se dejaba cambiar de buenas a primeras. Don Carlos Holländer contruyó dos veces la miniatura en el interior de una botella, sin saber si era igual a la original. Porque, al no disponer de fotos u otros datos gráficos de la nave, hubo de atenerse a descripciones; procurando que tridimencionalmente le resultasen miniaturas que se viesen como probablemente se vió la María Celeste del gran misterio de la mar. Lo mismo vale para un grabado conocido desde hace muchas décadas; y también para los sellos de correos de Gibraltar que muestran su presunta imágen. Así reproducida, la María Celeste es y no es. En Gibraltar se examinó la nave. Tratándose de exámenes que pretendían aclarar aspectos judiciales y criminalísticos, fueron protocolados minuciosamente por escrito. Se describe la nave de proa a popa y de babor a estribor; en dichos protocolos no hay mención alguna de que su proa estuviese adornada con un mascarón. Es decir, carecía de adornos de ese tipo.
Ésto no debe hacernos pensar que Pablo Neruda asegurase lo contrario; o que pretendiese hacer creer que él poseía en su colección, la mascarona de proa de aquel navío. Nada de eso. En los párrafos citados anteriormente queda clarísimo que descubrió esa muñeca de madera en una parisina Brocanterie del mercado de las pulgas; y que pensó -o puede que así se lo dijese el comerciante que se la vendió- que había ornado en tiempos pasados la proa de una embarcación fluvial del Sena, una nave desaparecida para siempre. Tal vez fuese eso lo que más le interesó. Las naves de río tienen importancia en la biografía del poeta; a bordo de una de ellas descubrió el mar.

Desde Carahue a Puerto Saavedra navegó Neruda antes de ser Neruda; y después también.

Eran embarcaciones que carecían de mascarones; pero tenían ojos. El Saturno, por ejemplo, devoraba con sus ojos de proa, al flacuchento y soñador adolescente que esperaba ansioso en el muelle, unas cartas que quizá viniesen a bordo. Y si no era el Saturno, era el Cautín; o el Naguilán; o la Estrella del Sur. Pero el Saturno fue el que le hipnotizó con sus ojos. Por eso nunca lo olvidó, aunque no haya muchas pruebas de ello. Después del terremoto de 1939, la navegación fluvial por el río Imperial, desde Carahue a Puerto Saavedra, se redujo a un mínimo; y luego desapareció con todas sus naves. Incluso El Estrella del Sur desapareció; de nada le valió que llevase el nombre de una novela que Neftalí Reyes o Pablo Neruda leyó un verano en Puerto Saavedra*: La Estrella del Sur, de Julio Verne.

Volvamos a lo que nos ocupaba: al mascarón llamado María Celeste. Sarita Vial y Alain Sicard coinciden en señalar que esa figura de madera descubierta en París, debió llegar a Isla Negra en los primeros años de la década del sesenta. Alain Sicard, amabilísimo como siempre, confirma lo dicho por Neruda en
Una casa en la arena y responde a nuestra pregunta acerca de "aquel coche suyo" diciéndonos que era su Renault cuatro cuatro de entonces, nada lujoso pero cómodo para ese tipo de menesteres. Sarita(4), por su parte y con su sin par simpatía, nos cuenta que, orgullosísimo, Pablo Neruda le presentó a la recién llegada María Celeste en Isla Negra, que de inmediato ocupó un especial lugar en su casa. Nadie sabe cómo se llamó en Francia la muñeca de oscura madera, y de ojos de porcelana que a veces lloran. El hecho es que Neruda la bautizó -o rebautizó- María Celeste en Isla Negra. Sin que ello signifique que el desguazado barco de cuya proa se la desmontó para que, después de quizá qué peripecias, fuese a dar al mercado de las pulgas de París y desde allí a Chile, haya tenido que llamarse también María Celeste. Tampoco la figura de su colección que (¿después de haberse llamado María Celeste?) lleva el nombre de Jenny Lind,perteneció al barco que llevó ese nombre; el poeta se tomó la poética libertad de llamarla así, aunque poco parecido tenía con la famosa sopranista; de la que Hans Christian Andersen se enamoró perdidamente. La auténtica figura de proa, hecha a imágen y semejanza de Jenny Lind, el ruiseñor de Suecia, existe. Sí; existe y está a buen recaudo en un Museo que no es el de Isla Negra. Neruda debía saberlo; pero, como poeta, tenía licencia para bautizar o rebautizar sus juguetes, casas, amores, etc., tal y como se le diese la lúdica y poética gana. Creemos, por ejemplo, no equivocarnos al decir que si bautizó Isla Negra a Isla Negra, fué porque cuando visitó el lugar por primera vez, más que la casa fue el paraje lo que le fascinó, al recordarle vivamente el lugar desde el que algunos años antes, en oriente, como un Sandokán en Mompracem, veía la Isla de Sumatra; en una de las cartas que desde allá envió a Eandi, denomina Isla Negra a Sumatra.
De tanto divagar y elucubrar acerca de éstas y otras cosas, y de consultar una y otra fuente de información e imaginación, no nos dimos cuenta hasta mediados de noviembre de que el año 2005 tocaba a su fin. Ésto transformó todo el asunto en una urgencia. Porque el 2005 es el año de Julio Verne!. 
Era necesario pues, escribir y publicar, en lo que restaba de año, ésto que ahora el sufrido lector está leyendo.
Revelaremos pues, para terminar, qué queremos decir con
ésto. Señoras y señores: sumándonos a los homenajes rendidos éste año a Julio Verne (en ocasión del Centenario 1828-1905/ 2005), vamos a dar a conocer el nombre original de la bella figura de madera que Pablo Neruda, cuando la sacó de la caja en la que había cruzado los mares para llegar a su destino en Isla Negra, rebautizócon el nombre María Celeste. No nos vamos a extender en detalles relacionados con los métodos empleados para llevar a feliz término ésta holmesiana anti-investigación; el tiempo apremia y la contundente prueba gráfica que ofreceremos, habla por sí sola. La nerudiana figura de proa de una embarcación del Sena, que en la colección de Isla negra se llama María Celeste, llevó en Francia el nombre de una dama muy joven y bella -además de muy valerosa- que visitó un día en su casa de Amiens a Julio Verne para comunicarle que estaba dando la vuelta al mundo al igual que Phileas Fogg; pero muy segura de poder hacerlo sola y en menos de ochenta días. Y, puesto que efectivamente lo logró, se hizo famosísima en su tiempo; aunque hoy ya casi nadie recuerde su extraordinaria aventura. Con su nombre se bautizaron locomotoras, barcos, coches y otros medios de transporte: Nellie Bly. Éste nombre, tomado de una canción del popularísimo autor de Oh, Susana, cuyo nombre tampoco recuerdan muchos, fue el nom de plume de Elisabeth Cochrane; jovencísima periodista del New York World, el famoso diario de Joseph Pulitzer. Su nombre de familia hace pensar que Nellie Bly pudiese tener un parentesco con Lord Cochrane, pero no es así. Por cierto, Julio Verne nombra a -nuestro- Lord Cochrane en el capítulo III de El Archipiélago en Llamas, publicada junto a La Estrella del Sur. Pero eso corresponde a otra historia, que nada tiene que ver con la que ya estamos terminando de relatar.
El regreso de Nellie Bly a New York, el 25 de enero de 1890, fue celebrado en Broadway apoteósicamente. No era para menos: Nellie había tardado 72 días, 6 horas, 11 minutos y 14 segundos en dar la vuelta al mundo!!.

La espectacular noticia llegó por cable a Amiens ese mismo día; y le fue comunicada de inmediato a Julio Verne.

En Francia, un artista, cuyo nombre hoy ya no se conoce, talló magistralmente, en madera de encino de Amiens, un bellísimo mascarón de proa para una embarcación fluvial francesa, en homenaje a esa joven, casi una niña; y a Julio Verne.

La figura tallada a imágen y semejanza de Nellie Bly, resultó de un parecido asombroso. Muchos años después, en un lejano país, la figura lloraría; porque todo aquello que le dió fama un día, cayó en el olvido. Y porque el barco fluvial cuya proa ornó, desapareció del río para siempre. Y, sobre todo, porque allí, en el otro extremo del mundo, aunque muy querida y admirada, la llamaban -quizá también para siempre- con un nombre que no era el suyo: María Celeste.

Por eso lloras, Nellie Bly!

NOTAS
(1) Publicada posteriormente en forma de libro por Editorial Nascimento.
(2) Prof. Alain Sicard. Gran estudioso de la obra y amigo de Neruda. Poitiers, Francia.
(3) Manuel Solimano, `el gran cacciatore'; genovés chileno, gran amigo de Neruda.
(4) Sarita Vial. Poetisa y periodista. Autora de Pablo Neruda en Valparaíso, gran amiga del vate.
(*) ...yo me nutría de Salgari y Julio Verne en Puerto Saavedra (P.Neruda, entrevista BBC Londres).
Principales Obras consultadas:
- Obras Completas de Pablo Neruda. Tomos I -V. (a cargo y con notas del Prof.Hernán Loyola).
- Las Furias y las Penas. Tomos I y II. David Schidlowsky.
- Obras Completas de Julio Verne.
- Mi pequeña historia de Pablo Neruda, Arturo Aldunate Phillips Santiago, Editorial Universitaria, 1979

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