Citation de Pablo Neruda

vendredi 4 novembre 2011

巴勃羅聶魯達

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PABLO NERUDA ET SA FEMME À VOLGOGRAD,  RUSSIE. PHOTO  STEPAN KURUNIN





巴勃羅聶魯達

¿QUIÉN MATÓ A PABLO NERUDA?

A poco de cumplirse un nuevo aniversario de su muerte, una denuncia de Manuel Araya, guardaespaldas y ex chofer del poeta chileno, apunta a que fue asesinado en la clínica.

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NERUDA. EN SU CASA DE ISLA NEGRA.

Por CAROLINA ROJAS


Las berenjenas fritas a medianoche es el primer capricho que Manuel Araya recuerda de ese “niño grande” que a veces podía ser Pablo Neruda. Aunque no fuera la estación indicada, él hurgaba por todos los mercados de la región para que el poeta pudiera degustar uno de sus platos favoritos. Sólo así conciliaba el sueño. Otras veces, a “Pablito”, le daba por cucharear una leche asada y conversar hasta el amanecer para espantar el insomnio que lo acechaba en sus últimas noches de invierno. “Se puso regalón, fue el único cambio que noté en él cuando se enfermó”, dice Araya, nostálgico del oficio que cumplió con la solemnidad de un samurái.

Después de que Neruda renunciara a su cargo como embajador en Francia y volviera a Chile en noviembre de 1972, Araya fue guardaespaldas y chofer del poeta. El día de ambos comenzaba cuando el escolta le llevaba un lavatorio para que Neruda remojara las manos antes de desayunar. Neruda seguía con un hojeo a los diarios, a las diez tomaba un jugo de frutas, y se ponía a escribir con tinta verde los versos y recuerdos que se iban amontonando. Entonces, Araya enumeraba ese caos de papel. “Mira qué ordenado me salió el compañero”, le decía el poeta, y le regalaba una de las sonrisas que pronto comenzarían a escasear.

El mensajero

En su niñez, Araya vivió en una hacienda del puerto de San Antonio, en la quinta región de Chile. Cuando tenía catorce años, fue la dirigente comunista y dos veces senadora, Julieta Campusano quien lo trató como un hijo y lo acogió en Santiago. Recibió preparación en seguridad e inteligencia. Aprendió rápido. Tanto, que llegó a ser mensajero del presidente Salvador Allende. Hoy, Manuel tiene sesenta y cinco años, y una memoria envidiable. Meticuloso, hilvana los detalles de una historia que podría demostrar que Neruda no murió por la ramificación del cáncer de próstata sino por una secreta actuación de terceros.

Araya tiene el pelo cano, y la impronta de un soldado. Llega hasta un paradero de San Antonio puntual y vestido en un impecable traje plomo. Conserva un aire que revela su antigua marcialidad y también cierta aspereza, esa propia de quien ha sufrido bastante en la vida. Ya instalados en la oficina del concejal Pedro Piña –quien lo ayuda con la investigación– comienza la entrevista. Parece otra persona cuando confiesa con la voz de un abuelo cariñoso, que ha soñado con el poeta; lo ve alegre y siente que lo llama. Hace unas semanas, Araya se enfermó de un extraño agotamiento que le impidió caminar, justo después de que su verdad saltara a la prensa internacional. “¿Sabe?, en un momento creí que me moría con tanto periodista preguntándome por la historia... Me habría ido feliz.”

Cruzado de brazos, Araya comienza a recordar cómo fueron los días previos a la muerte del poeta. Ahí están vívidos los allanamientos, los gritos y el miedo. Dos días después del golpe del 11 de septiembre, llegó un camión con más de cuarenta militares a revisar la casa de Isla Negra. Un capitán subió a la pieza y le dijo a Neruda que buscaban armas. El vate, con tristeza, miró por la ventana y vio cómo excavaban su jardín y cómo la bota militar aplastaba el país que tanto amaba. El terror comenzaba a ser insostenible.

El 19 de septiembre estaba todo listo para el viaje de Neruda a México, pactado con el presidente de este país y su embajador en Chile, Gonzalo Martínez Corbalá. Araya, Matilde Urrutia y el poeta partieron rumbo a Santiago. El destino era la Clínica Santa María para evitar que Neruda corriera más riesgos en la casa de Isla Negra. Según Araya, el Nobel depositó todas sus esperanzas en una mejoría en México.

Matilde, su última mujer, acompañó al poeta en la ambulancia que pidieron, y de cerca los seguía Araya en un auto Fiat 125 de color blanco, que habían comprado un mes antes. Desde el golpe, la ciudad y las carreteras estaban completamente militarizadas. Durante el viaje fueron hostigados e interceptados cada dos kilómetros para ser registrados.

Este episodio no es de extrañarse. Tras el 11 de septiembre, Isla Negra quedó bajo la gobernación de Manuel Contreras, quien quedó a cargo de la zona Tejas Verdes y Melipilla. Así consta en el registro de los gobernadores provinciales de San Antonio entre 1920 a 1973. Es decir, el entonces coronel Contreras, “El Mamo”, se dedicó a formar centros de detención y a ensayar para convertise en el director de lo que, a finales de 1973, sería la temible Dirección Nacional de Inteligencia (DINA).

Araya sigue desahogándose de esta especie de conjuro. No se olvida de la parada en Melipilla. “Hicieron bajar de la camilla a Neruda para revisarlo con la excusa de encontrar armas. A don Pablo lo movían como un muñeco, él pidió clemencia. No hubo caso”. Llegaron a la clínica rozando el toque de queda y Neruda quedó internado en la pieza 406. Al día siguiente, el poeta siguió pasando en limpio algunos poemas con Homero Arce, su corrector. Insistía en seguir viendo las noticias en la televisión, pero Matilde ordenó que se la llevaran. Lo protegió de toda verdad: sus casas asaltadas, el asesinato de Víctor Jara y el vertedero de cadáveres en que se había convertido el río Mapocho.

El poeta les pidió a Manuel y a Matilde que regresaran a Isla Negra en busca de ropa y libros. Según Araya, salieron el 22 de septiembre y aún no se resigna de ese flanco que dejaron. “Fue un error, no debimos dejarlo solo al cuidado de su hermana Laura: ella no veía bien.” Mientras buscaban las cosas, una empleada de la Hostería Santa Elena, les llevó un ominoso recado. “Dice don Pablo que se vayan urgente, alguien lo inyectó en el estómago mientras dormitaba”. Parte de este testimonio es corroborado por Matilde Urrutia en su libro Mi vida junto a Pablo Neruda.“Sonó el teléfono. Era Pablo. Me pedía que regresara inmediatamente: ‘no puedo hablar más’, me dijo. Yo creí que había pasado lo peor; en forma afiebrada cerré la valija, y me puse en camino. Lo van a detener, pensé casi enloquecida. ‘Tenemos que ir lo más rápido que pueda’, le dije al chofer. No sé cómo no nos matamos”. Manuel corrige un detalle de esta versión: “En ese tiempo ya habían cortado el servicio telefónico y los mensajes los recibíamos a través de la hostería”.

Araya recuerda que cuando llegaron a la Clínica, bajó las maletas de Neruda y las dejó en el auto diplomático que llevaría al vate al aeropuerto. Subió a la habitación, vio al poeta con la cara rojiza y con un pinchazo en el abdomen, una mancha que se extendía como ocurre con la picadura de un mosquito. Mojó una toalla para tratar de bajar la fiebre de “Pablito”. Recuerda que entró un médico a la habitación. “Era moreno y de bigotes, me dijo que tenía que comprar un medicamento, una receta que decía Urogotán y me indicó que la podía encontrar en una farmacia de la calle Vivaceta”.

Manuel subió al Fiat, tomó la calle Balmaceda y cuando iba llegando a su destino, lo detuvieron dos autos, que lo emboscaron, uno adelante y otro atrás.

–¡Huevón! ¿Eres el secretario de Neruda? –gritaban mientras lo abofetaban–. ¡Contesta!

Araya terminó en el suelo, con golpes y un disparo directo en la pierna izquierda.

Ahora sale del trance. “Le voy a mostrar”, dice Araya. Tiene una cicatriz de cinco centímetros bajo su rodilla. “¿Cómo sabían que era yo? Siempre he creído que desde la clínica estaban coludidos con la gente que me detuvo”, confiesa.

Después de estar detenido en una comisaría, a la medianoche fue trasladado al Estadio Nacional. Fue torturado e interrogado sobre el paradero de dirigentes comunistas. No cesaban las patadas ni los puñetazos. “No los conozco, no sé de qué me hablan.” Neruda le había advertido una vez que lo iban a castigar por haber trabajado como su asistente, que le preguntarían por “los compañeros” y le pidió que aunque le sacaran los ojos, nunca dijera nada. Araya cumplió su promesa.

Seis días después, fue el cardenal Raúl Silva Enríquez, encargado de resguardar a los perseguidos de la época, quien lo encontró y pidió atención médica para él. “El curita me dijo que don Pablo había muerto a las diez y media de la noche del 23 de septiembre. No lo podía creer”. Araya estuvo detenido 45 días. Sus torturadores lo liberaron en noviembre.

El diario La Segunda, del 24 de septiembre de 1973, corrobora la desaparición de Araya y la denuncia de Matilde. El vespertino cambia un elemento en la historia: dice que Manuel se extravió cuando fue a comprar una corona de flores para Neruda. Un hecho que Araya niega rotundamente. En el diario publica: “La viuda se limitó a pedir respeto por el dolor, así como denunció también que en la tarde de ayer habían desaparecido su chofer y su auto particular, luego que el conductor se dirigió a comprar una corona. No retornó y no ha vuelto a saberse de él”. Matilde Urrutia también lo documenta en su libro. “Ya se acercaba la tarde y mi chofer no había aparecido. El día anterior me dejó en la clínica y se fue a guardar el coche (...). Supe que lo detuvieron cuando llegamos de la isla, a poco de dejarme en la clínica. Y, en ese momento que yo le hacía buscar, él estaba en el Estadio Nacional sufriendo las torturas más atroces. Según ellos, era duro y no confesaba nada. Pobre muchacho que vagabundeaba con Pablo por mercados, por casas de antigüedades (...) con él yo perdía la única persona que me acompañaba en todas horas del día”.

Un doctor de turno

Eduardo Contreras, abogado querellante del caso y reconocido por su labor en materia de derechos humanos, revela que el certificado de defunción de Neruda dice que se encontraba en estado de caquexia, es decir en extrema desnutrición y debilidad. Esa condición no coincide con el testimonio de Araya, ni con el del ex embajador de México en Chile, Gonzalo Martínez Corbalá. “Gonzalo me dijo ‘Pablo estaba tan robusto como siempre’, habló con él en su habitación, vieron los últimos detalles del viaje, el 23 el avión ya estaba en la loza del aeropuerto (...) Aún no hemos pedido la exhumación del cuerpo de Neruda, hasta que se haga necesario para comprobar que se le administró alguna sustancia tóxica o no”, explica Contreras, para quien basta pensar que Neruda pasó sus últimos días en la Clínica Santa María, el mismo establecimiento donde en 1984 fue asesinado el ex presidente Eduardo Frei Montalva con tres dosis de inyecciones de talio y componentes de gas mostaza. En el caso, fueron procesados cuatro doctores. “Que Neruda fuera un objetivo militar es un hecho serio y el deber nuestro es pedirle a la justicia que se investigue hasta el final”, dispara el abogado.

El embajador Martínez Corbalá hizo una declaración jurada en México, que podría llegar estos días para presentarla.

Entre los microfilms medio dañados de la Biblioteca Nacional, la prensa de la época relata las imprecisiones de los hechos entre el 23 y el 24 de septiembre. El Mercurio de Valparaíso publica el lunes 24 que Pablo Neruda está grave por consecuencia de un shock sufrido por una inyección de calmante, y agrega otros datos: “La baja brusca de presión que experimentó ayer, tras haberle dado una inyección calmante, obligó al médico tratante Roberto Vargas Salazar, distinguido urólogo y nefrólogo, a llamar a interconsulta a un cardiólogo. “Se trata de una baja de presión muy importante’ nos explicó el médico y profesor de cardiología, quien no quiso sin embargo, identificarse”.

El Mercurio de Santiago del 24 de septiembre publica “El vate chileno, que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1971, había sido internado en estado grave en mencionada clínica el sábado. Posteriormente, a consecuencia de un shock sufrido luego de habérsele puesto una inyección de calmante, su gravedad se acentuó”.

En la prensa del 23 de septiembre de 1973 aparece el nombre de Sergio Draper, como uno de los doctores de turno. Tras un previo rastreo, Draper, cirujano vascular acepta conversar con Ñ en su consulta (trabaja en un centro médico). Tuvo que declarar para el caso Frei, donde también fue médico de turno. Nunca ha hablado con la prensa. Contesta ofuscado, pero quiere entregar su versión donde avala el proceder de la clínica. “Sucedió hace cuarenta años, Neruda entró con un cáncer de próstata, ese diagnóstico se lo habían hecho en Francia y acá llegó con múltiples metástasis; un cáncer terminal, diseminado en todo el organismo, un estado de precoma.”

–¿Ha leído las declaraciones de Manuel Araya, ex chofer de Neruda?

–Eso lo ignoro pero sí puedo decir que el tratamiento que se le hacía a Neruda era el indicado por Vargas Salazar. La clínica no hace ningún tratamiento que no sea el indicado por el médico tratante. (...) Lo vi solamente un instante el domingo 23 de septiembre, a mí no me correpondía atenderlo. Ese día, la enfermera de turno me dijo que aparentemente Neruda sufría de mucho dolor, le dije que se le aplicaría la inyección indicada por su médico, si mal no recuerdo fue una dipirona. Si la clínica era tan mala, ¿por qué los médicos tratantes llevaban a sus pacientes?

–En la clínica Santa María se asesinó al presidente Frei Montalva, es posible tener dudas, al menos de que pudo haber dolo en la atención al vate.

–Ordené que se le diera una inyección indicada por su médico. Fui nada más que un interlocutor. Es el colmo que estemos constantemente bajo sospecha...

Araya insiste que a Neruda algo le hicieron en la clínica, y asegura que seguirá buscando pistas que avalen su testimonio. Se frota los brazos de frío, y se da cuenta de que ya oscureció. “Lo quería harto, sabe”, dice, para explicar que fue bueno conocer ese lado del poeta que muchos ignoran; el cercano, pero también el acérrimo comunista. Días antes del golpe, leyó Los sonetos de la muerte de Mistral. Quizás ya presagiaba la pesadilla que se avecinaba, y tal vez hasta su propio deceso. Araya se da cuenta de que no ha contado el final de su sueño. “Ah, a Pablito lo veo sonriendo. Lo escuché clarito, me dijo: ‘Manuel parece que llegamos a un feliz puerto’”.

SOMBRAS SOBRE ISLA NEGRA

La Justicia chilena investiga el posible asesinato de Pablo Neruda por orden del general Pinochet. Su chófer denuncia que le pusieron una inyección letal en una clínica de Santiago de Chile.

par Mario Amorós
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LE POÈTE PABLO NERUDA  LE 13 JUIN 1966, SUR LE PONT D'UN BATEAU À NEW YORK LORS DE LA 34 ÈME CROISIÈRE AUTOUR DE MANHATTAN ORGANISÉ PAR LE  PEN CLUB INTERNATIONAL. PHOTO  SAM FALK
Manuel Araya tenía 26 años cuando en diciembre de 1972 empezó a trabajar como chófer y escolta de Pablo Neruda, quien acababa de abandonar la embajada en Francia para refugiarse en su casa de Isla Negra: quería cuidar su salud. Araya ha roto casi 38 años de silencio para denunciar que Neruda no murió a consecuencia del cáncer de próstata que padecía, sino que fue asesinado por la dictadura del general Augusto Pinochet. El juez chileno Mario Carroza está investigando la querella presentada por el Partido Comunista de Chile (PCCh) y es posible que en las próximas semanas solicite la exhumación de los restos del autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, premio Nobel de Literatura de 1971.

El 19 de septiembre de 1973 Neruda fue trasladado desde Isla Negra, en el litoral central, a la clínica Santa María de Santiago, ya que la dolorosa derrota de la Unidad Popular y la muerte de Salvador Allende le habían causado una inmensa aflicción y un súbito empeoramiento de su salud. En aquel hospital le visitó el embajador de México, Gonzalo Martínez Corbalá, quien le transmitió la invitación de su presidente para acogerle junto con su esposa, Matilde Urrutia. Acordaron partir el sábado 22 en el avión enviado por el Gobierno azteca, pero aquella mañana, cuando Martínez Corbalá llegó para acompañarles al aeropuerto, solicitó permanecer en Chile dos días más.

Por ello, Manuel Araya explica que a las ocho y media de la mañana siguiente Neruda les pidió a Matilde Urrutia y a él que regresaran a Isla Negra para recoger sus últimas cosas. “Hacia las cuatro de la tarde nos llamó por teléfono y nos dijo que, mientras dormía, alguien había entrado en su habitación y le había puesto una inyección. Cuando llegamos, unas dos horas después, vimos que estaba rojizo, con fiebre y que se quejaba de un intenso dolor”. Un médico solicitó a Araya que saliera a comprar un medicamento, pero unos carabineros le siguieron y le propinaron una paliza antes de abandonarlo en una comisaría y de ser llevado finalmente al Estadio Nacional, donde fue torturado. Solo varios días después pudo conocer la muerte del poeta, que atribuye a aquella misteriosa inyección y de la que responsabiliza a Pinochet, consciente de que la voz de Neruda en el exilio sería un poderoso ariete contra su régimen.

Por su parte, Matilde Urrutia escribió en sus memorias (Mi vida junto a Pablo Neruda, publicadas por Seix Barral en 1986, un año después de su muerte) que, aunque su esposo pasó muy mal su última noche y la enfermera de guardia tuvo que inyectarle un calmante para que pudiera dormir, no pensó “ni por un momento, que Pablo se moriría”: “En este último tiempo, el doctor me había asegurado que se defendía maravillosamente del cáncer que lo aquejaba y lo había visto lleno de vida y entusiasmo”.

“No murió de cáncer”.

La vida de Pablo Neruda se extinguió a las diez y media de la noche del 23 de septiembre de 1973, en la habitación 402 de la clínica Santa María. No se le practicó autopsia pues no había sospechas de homicidio o suicidio. Al día siguiente, su amigo Luis Enrique Bello se dirigió al Registro Civil para inscribir la defunción y aportó el certificado del urólogo que atendió al poeta durante los últimos años, Roberto Vargas Salazar (fallecido hace cinco lustros), quien señaló como causa del fallecimiento: “Caquexia cancerosa. Cáncer prostático, metástasis cancerosa”. Uno de sus hijos, Fernando Vargas, señala: “Mi padre lo atendió durante varios años. Me dijo varias veces que Neruda había sufrido un cáncer prostático metastásico y que había fallecido por ese motivo”. En cambio, una portavoz de la clínica Santa María consultada por Tiempo ha declinado opinar acerca de esta investigación judicial: “No estamos haciendo declaraciones, en el fondo no hay nada que decir”.

¿Cómo que no hay nada?

Sin embargo, varios hechos y testimonios sugieren lo contrario. En primer lugar, como subraya la querella presentada por el Partido Comunista, la caquexia, que el certificado de defunción menciona como causa de la muerte, es un estado de extrema desnutrición (producido por enfermedades como el cáncer) y en sus últimos días Neruda mantenía su sobrepeso de 100 kilos. Además, desde México, Gonzalo Martínez Corbalá ha recordado que el 22 de septiembre, cuando le vio por última vez, no sufría el grave estado que le atribuye el certificado de defunción y que su estado era similar al de semanas atrás, cuando le visitó en Isla Negra. En tercer lugar, el 24 de septiembre de 1973, al informar de la muerte del poeta, el diario El Mercurio señaló el grave perjuicio de una inyección: “A consecuencia de un shock sufrido luego de habérsele puesto una inyección de calmante su gravedad se acentuó. La baja brusca de presión arterial (hipotensión) causó alarma al médico tratante, profesor Roberto Vargas Salazar, quien solicitó la concurrencia de un cardiólogo, el cual diagnosticó su estado grave”.

Pero lo que más llama la atención son las declaraciones de Matilde Urrutia a varios medios españoles un año después. En una entrevista publicada por Pueblo el 19 de septiembre de 1974, afirmaba: “La verdad única es que el duro impacto de la noticia [del golpe de Estado] le causó que días más tarde se le paralizase el corazón. El cáncer que padecía estaba muy dominado y no preveíamos este desenlace tan repentino. No alcanzó ni a dejar testamento, pues la muerte la veía aún muy lejos”. En otra concedida a Efe aún fue más asertiva: “No le mató el cáncer. Los médicos, a los que habíamos visto unos días antes, le dijeron que lo habían atajado y que podría vivir unos años más”.

El testimonio de Manuel Araya ha sido recibido con incredulidad por algunas personas muy próximas a Neruda, en primer lugar por su largo silencio, que él justifica: “Golpeé las puertas de todos los medios de comunicación y nadie me quiso escuchar. Fui a hablar cinco veces con dirigentes del Partido Comunista, pero tampoco me hicieron caso hasta ahora. Por fin me he quitado este peso de encima”. Sostiene que cuando se rencontró con Matilde Urrutia en 1974 le planteó la necesidad de denunciar públicamente el crimen, pero ella se negó: “Temía que, si lo revelaba, le quitarían los bienes de Neruda, que creo que era lo único que tenía”. Sus afirmaciones contradicen el compromiso que demostró con la defensa de los derechos humanos y la lucha contra la dictadura, tal y como recuerda Viviana Díaz, dirigente histórica de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos: “Cada vez que hacíamos alguna denuncia ante la junta militar o los tribunales, Matilde nos daba su apoyo, no en vano su sobrino nieto David Urrutia fue secuestrado en 1975 y hecho desaparecer”. La acusación de encubrir el asesinato de su esposo es lo que más preocupa al profesor Hernán Loyola, reconocido internacionalmente como el principal estudioso de la vida y la obra del poeta: “Por supuesto, descarto absolutamente tal hipótesis. El corajudo comportamiento de Matilde durante la dictadura bastaría para desmentirla”. Desde Cerdeña, Loyola expresa su coincidencia con la opinión de la fundación Pablo Neruda, que custodia el legado del poeta y de la que están excluidos los familiares y el Partido Comunista. Consultado por Tiempo, el director ejecutivo de la fundación, Fernando Sáez, rechaza hacer declaraciones y se remite a un comunicado que sostiene que “no existe evidencia alguna ni pruebas de ninguna naturaleza que indiquen que Pablo Neruda haya muerto por una causa distinta del cáncer avanzado que lo aquejaba desde hacía tiempo”.

Deuda con Neruda.

Tras conocer la denuncia de Manuel Araya en la revista mexicana Proceso, el 31 de mayo, el Partido Comunista presentó una querella criminal. Entre sus primeras decisiones, Mario Carroza, quien ya ordenó en mayo la exhumación y la nueva autopsia de los restos del presidente Allende, ha demandado los antecedentes médicos de Neruda y ha pedido a la Brigada de Derechos Humanos de la Policía de Investigaciones que interrogue a Araya antes de citarle a declarar.

Por su parte, uno de los abogados del PCCh, Eduardo Contreras, adelanta la actuación de la acusación: “Dentro de algunas semanas solicitaremos la exhumación para ver si aún es posible determinar si la sustancia que le inyectaron era un calmante o era venenosa. Está claro que no murió de cáncer, sino debido al paro cardíaco que le provocó una inyección”. Guillermo Teillier, presidente del Partido Comunista y diputado, destaca que “en el exilio Neruda hubiera sido un enemigo formidable, y sabemos que Pinochet ordenó posteriormente el asesinato de las personalidades chilenas que denunciaban su régimen. Y recordemos que Eduardo Frei Montalva (presidente entre 1964 y 1970) fue asesinado en la clínica Santa María en 1982 por agentes de la dictadura, como probó el juez Alejandro Madrid hace unos años tras exhumar su cadáver”.

También Rodolfo Reyes, abogado, representante legal de los herederos del poeta y uno de sus cuatro sobrinos consanguíneos, cree necesaria esta investigación judicial y anticipa que autorizará la exhumación si el juez la solicita: “Es preferible que se sepa la verdad, tenemos una deuda con Neruda: averiguar si fue asesinado o murió a consecuencia de la enfermedad”. En septiembre de 1973 tenía 22 años y recuerda que ninguno de los familiares “esperaba su fallecimiento”. “En julio le había visitado en Isla Negra por su cumpleaños. Le encontré bien, usaba bastón para caminar por un dolor en la rodilla, pero tenía buen aspecto. Nunca imaginamos que pudiera haber sido asesinado, pero durante la dictadura cualquier cosa era posible”.

A la Justicia corresponde ahora establecer las causas de la muerte de Pablo Neruda. Mientras tanto, sus compañeros recordaron el 10 de julio en Isla Negra su nacimiento hace 107 años y depositaron flores rojas en su tumba, situada en un promontorio que mira hacia la inmensidad del océano, donde descansa junto a Matilde Urrutia, como pidió en su poema Disposiciones del poemario Canto General.

LA SOLEDAD DEL CAPITÁN

Encerrado y esperando su testamento. Consumido por un cáncer prostático. Escuchando por radio la muerte de su amigo Salvador Allende y viendo aparecer tempranamente a sus deudos formando fundaciones con su nombre, Neruda pasó sus últimos días en la tierra. Rosa Núñez, la enfermera que lo cuidó por más de diez años, cuenta su historia junto al autor de "Canto general" y recuerda que Matilde Urrutia le habló de un posible asesinato del poeta.

Domingo 18 de septiembre de 2005

El 11 de septiembre de 1973 amaneció despejado en el litoral central. Aquella mañana, en Isla Negra, Pablo Neruda esperaba desde Santiago la llegada de los planos, maquetas y estatutos de lo que sería la futura Fundación Pablo Neruda, que se ubicaría en Punta de Tralca.
Su pareja, Matilde Urrutia, ofrecería un apetitoso almuerzo para agasajar a las visitas: los escritores José Miguel Varas, Fernando Alegría y el abogado Sergio Inzunza. También ese día llegaría el testamento del autor de "Residencia en la tierra".
El mar, como siempre, golpeaba las rocas y Neruda encendía la radio para oír las noticias. Un amigo se estaba despidiendo. Sería la última vez que escucharía la voz de Salvador Allende. "Esto es el final", le dijo a Matilde.
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MATILDE URRUTIA MI VIDA JUNTO A PABLO NERUDA
 ISBN : 8432207349. SEIX BARRAL BIBLIOTECA BREVE. 1997. IN-8 CARRÉ. 


ENFERMERA INCONDICIONAL

"En la tarde de ese mismo día, Pablo tuvo fiebre. (...) Pensé que en la comisaría me podrían dar un salvoconducto para ir a buscar a la enfermera que venía de un pueblo cercano. Así lo hice y la angelical Rosita, enfermera de El Tabo, con riesgo de su vida, llegó a la Isla para atender a Pablo", escribe Matilde Urrutia en sus memorias "Mi vida junto a Pablo Neruda".
Rosa Núñez fue la enfermera del vate. Trabajó 45 años en el consultorio de El Tabo, hasta 1995. Ahora tiene 72 años y una calle del pueblo lleva su nombre. Desde principios de 1960, Rosita atendió las dolencias del autor que más libros de poesía vende en el mundo.
"El 11 de septiembre, don Pablo se agravó por su estado nervioso. Había toque de queda y no podía salir sin la autorización de Carabineros. Matilde me vino a buscar con su chofer como a las doce de la noche. Al otro día la señora me mandó a llamar tempranito. Ahí él estaba más calmado", cuenta Rosita con voz susurrante.
La que fuera enfermera de Pablo Neruda es humilde, y nunca había contado su historia junto al Premio Nobel porque no la encontraba relevante. "Tuve el privilegio de atender a don Pablo, porque él era una persona especial. Pudiéndose haber tratado en muchas otras partes, me buscó a mí. Tal vez no quería mostrar las intimidades del hogar o quizá fue porque me tenían confianza", dice abriendo sus ojos.
Para Rosita -como le dicen cariñosamente sus cercanos-, Neruda era muy amable y gentil. Recuerda que la apreciaba bastante: "Me hacía atenciones que yo valoraba mucho: chocolates, pasteles, galletas, y cuando iban a Quinchamalí con la señora Matilde, me traía recuerdos de allá", rememora más relajada.
Según Rosita, antes que falleciera, el poeta estaba preparando en Valparaíso una Feria del Mar, "donde sacó un folleto que él me regaló con una dedicatoria", señala mientras va a buscar el folleto enmarcado, además del libro "Antología popular" que le dedicó, y unas tarjetas que le hacía llegar para todos los Años Nuevos.
-¿Y por qué no se sacó una foto con Neruda?
-Nunca se me ocurrió. ¡Además, nadie se va a sacar fotos cuando le están poniendo una inyección!

LLAMADAS TELEFÓNICAS

Claudina Núñez es la hermana menor de Rosita. Ella atendía en los años '50 el único teléfono que había disponible en El Tabo, compartido con el hotel del pueblo y Carabineros.
Era habitual ver a Pablo Neruda y a Delia del Carril, entonces pareja del vate, comprando y retirando las cartas del pueblerino correo. "Cuando comenzó su relación con Matilde, él venía a hablar con ella mientras vivía con 'La Hormiguita' en Isla Negra", recuerda Claudina.
Además, había un servicio de mensajeros donde un niño le llevaba los recados al poeta. "Yo recibía los recados de doña Matilde, que estaba en Rosario, Argentina. El 'Kiko' Pizarro, que tenía 12 años, era el correo de Neruda que iba en bicicleta a la Isla y le tenía que dar personalmente los recados sin que supiera la señora. Él le estaba jugando chueco a doña Delia", explica Claudina, y recuerda de pasada cuando en 1957 recibió la noticia de la muerte de Gabriela Mistral.

LA DESPEDIDA

Al año de la muerte de la autora de "Desolación", Pablo Neruda ya era una destacada figura en el mundo de las letras. En Argentina se publican en papel biblia sus "Obras completas".
Nueve años después, el 28 de octubre de 1966, Neruda legaliza en Chile su matrimonio con Matilde Urrutia, la inspiradora de "Los versos del capitán".
"Don Pablo era muy dependiente de la señora Matilde, quien lo sobreprotegía mucho. Lo cuidaba de que no lo molestaran", evoca Rosita Núñez, quien cuenta finalmente que las crisis de reumatismo gotoso del autor de "Canto general", la hacían ir -por lo menos dos veces al día- a la casa de Isla Negra.
En 1970, Neruda asume el cargo de embajador de Chile en Francia. Pero dos años después, en noviembre, regresa y es recibido en el Estadio Nacional con una fiesta, ya que el poeta venía con el Premio Nobel de Literatura bajo el brazo.
"Cuando llegó después de ser embajador en Francia lo comencé a atender todos los días. Había varias cosas que hacerle, ya que el cáncer prostático que tenía era irreversible. Por eso estuvo en tratamiento en Hungría y ese procedimiento yo se lo aplicaba acá", dice.
Pablo Neruda, ya instalado en su casa de Isla Negra junto a Matilde Urrutia, se concentró en lo que serán sus memorias, "Confieso que he vivido". Después del nefasto 11 de septiembre, el poeta prácticamente no se levantaba. Matilde escribía, al dictado de Neruda, el capítulo final de sus memorias. "En el último tiempo el secretario o la señora tomaban nota de sus memorias, su salud no se lo permitía. Se levantaba muy poco, a lo más dentro de la casa", indica la enfermera.
El 14 de septiembre de 1973, tres camiones militares llegan a la residencia del litoral. Matilde esconde el último capítulo junto a unas revistas. "Cumplan ustedes con su deber", les dijo Neruda a los militares, que miraban los objetos del poeta con curiosidad. El allanamiento era inminente.
Cuatro días después, el 18 de septiembre, llegaron algunos amigos a la casa, pero en la tarde el poeta se empezó a agravar. Matilde llamó al médico a Santiago. Le prometió que al otro día le enviaría a primera hora una ambulancia para trasladarlo a la clínica Santa María.
Aquella noche del 18, debido al toque de queda, Rosita se fue caminando desde El Tabo a Isla Negra. El silencio parecía el único habitante de la casa. Era la última vez que Rosa Núñez vería a su paciente. "Cuando se fue a Santiago ya estaba muy mal -dice con su voz resquebrajada-, me despedí de él como todos los días".

¿ASESINATO?

La mañana del 19 de septiembre, Matilde tenía todo preparado para la llegada de la ambulancia. En el ambiente había un clima pesado. "Nos fuimos por ese mismo camino que tantas veces recorrimos alegres, riendo, haciendo planes serios o descabellados", recuerda Matilde en sus memorias. A la salida de Melipilla, carabineros detuvieron la ambulancia. Matilde fue bajada y unas lágrimas comenzaron a rodar por el rostro del enfermo.
A la llegada a Santiago, Neruda fue visitado en la clínica por el embajador de México, quien le sugiere que salga del país. Mientras, La Chascona -casa capitalina del poeta- era destruida e incendiada. La muerte del autor de "Veinte poemas de amor y una canción desesperada" aguardaba inquieta en la puerta de la habitación en la clínica Santa María.
El 23 de septiembre, Santiago estaba más oscuro que nunca. Los militares ya tenían el control del país y tres tristes mujeres acompañaban la agonía del poeta. Matilde se acercó a la boca de Neruda, quien quizá deseaba suspirar un último verso. "Algo se ha roto dentro de mí", le dijo.
El funeral del Premio Nobel fue la primera gran manifestación contra la dictadura. Rosita Núñez se encontraba en su casa de El Tabo, y por la radio escuchó la noticia del fallecimiento de su paciente. En silencio, siguió efectuando su labor de enfermera en el consultorio del pueblo, y de vez en cuando atendía a Matilde. "Dos años después de la muerte de don Pablo, un verano, la señora me vino a visitar. Me dijo que sospechaba que a su marido lo habían matado en la clínica, posiblemente con alguna inyección. Fue la ultima vez que la vi". LCD

NERUDA : MUERTE INDUCIDA

El artículo fue publicado originalmente en el semanario Proceso (30/10/2011), el autor autorizó la difusión del reportaje al Clarín de Chile.

par FRANCISCO MARÍN



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LE CERCUEIL AVEC LA CADAVRE DE PABLO NERUDA
EST POSÉ À MÊME LE SOL. PHOTO EVANDRO TEIXEIRA
En sentido contrario a la versión oficial, Pablo Neruda no murió por metástasis de cáncer de próstata, según se desprende de exámenes médicos y testimonios que aparecen en el expediente judicial que contiene los resultados de cinco meses de investigaciones sobre su muerte. Aunque las pesquisas continúan, las evidencias son clave para que el juez Mario Carroza determine si el poeta falleció por enfermedad o si fue asesinado por agentes de la dictadura de Augusto Pinochet.

El poeta Pablo Neruda no murió como resultado del cáncer de próstata que lo aquejaba. Es la conclusión que se desprende de los antecedentes clínicos que se encuentran en el expediente del juicio ROL 1038-2011, con los resultados de cinco meses de investigaciones judiciales sobre la muerte de Neruda, encabezadas por el ministro Mario Carroza. 
El expediente –un documento de 209 páginas que Proceso pudo consultar– pone en entredicho la información entregada por la clínica Santa María el día de la muerte del poeta, el 23 de septiembre de 1973, en la que se asegura que murió de “cáncer prostático metastizado”, tal como sostiene su certificado de defunción.
La versión de esta clínica ha sido respaldada por la Fundación Neruda, que en diversas instancias ha descartado la tesis del homicidio restando validez a las declaraciones del asistente personal y chofer de Neruda, Manuel Araya.
En un comunicado fechado el pasado 12 de mayo la Fundación señaló: “No existe evidencia alguna ni pruebas de ninguna naturaleza que indiquen que Pablo Neruda haya muerto por una causa distinta del cáncer avanzado que lo aquejaba desde hacía tiempo (…) No parece razonable construir una nueva versión de la muerte del poeta sólo sobre la base de las opiniones de su chofer, el señor Manuel Araya, quien viene insistiendo en este asunto sin más prueba que su parecer. Nos parecen mucho más serios y confiables los testimonios de las personas que estuvieron junto a Neruda en sus últimos días de vida”.
El proceso judicial para determinar la muerte del poeta chileno se originó a raíz de que el pasado 8 de mayo este semanario publicó el reportaje titulado Neruda fue “asesinado” (Proceso 1801) en el que Araya denuncia que aquél murió por la aplicación de una inyección letal en el estómago.
En dicha nota Araya descartó también que Neruda se haya encontrado grave en los días previos a su muerte. Señaló que el traslado a la clínica Santa María desde la Isla Negra –19 de septiembre de 1973– tuvo como propósito escapar del asedio del que era víctima el autor de Crepusculario y esperar en Santiago, en un lugar que se creía seguro, la salida del avión que el gobierno de Luis Echeverría envío para llevarlo a México.
Los antecedentes clínicos y testimonios aparecidos en el juicio parecen darle la razón a Araya.
Falsa agonía

Los médicos del Departamento de Criminalística de la Policía de Investigaciones José Luis Pérez y Patricio Díaz Ortiz enviaron el 16 de agosto a la Brigada de Derechos Humanos –encargada de las pesquisas en el caso Neruda– el informe 75, adosado al expediente. Éste contiene el análisis de 13 exámenes médicos realizados a Neruda entre 1972 y 1973.

En el apartado Consideraciones Médico-criminalísticas, letra d, se señala: “Hay un hecho que llama la atención y que complica el análisis. En la carta del doctor Guillermo Merino –médico tratante de Neruda– del 18 de abril de 1973, dirigida al doctor Vargas Salazar (urólogo) refiere: ‘Estimado colega: al dorso resumen de tratamiento efectuado a don Pablo Neruda, remitido por usted para tratamiento por adenoma de próstata y artrosis pelviana derecha’.

“El problema en este caso –señalan los médicos de la policía– es que el adenoma es un tumor benigno y no maligno.”

Pero otro antecedente apunta en sentido contrario. En el punto dos del mismo apartado se consigna que dentro de los antecedentes enviados se puede apreciar un informe de radioterapia con cobalto (efectuado entre el 19 de marzo y el 18 de abril de 1973). “La radioterapia es un tratamiento que por lo general se efectúa en cuadros de tumores malignos como podría ser un cáncer de próstata (…) la radioterapia no se usa en caso de tumores benignos”, apuntan los médicos.

En el punto uno de las Conclusiones Médico-criminalísticas se señala: “No disponemos del examen objetivo para informar con certeza la causa de muerte del señor Pablo Neruda (…) ya que no se cuenta con la biopsia respectiva”.

En el punto cuatro de las conclusiones dice: “En cuanto al examen que podría orientar la presencia de metástasis, es decir las fosfatasas ácidas y su fracción prostática; éstas están normales, lo que podría significar entre otras posibilidades que no hay tumor maligno o que éste está circunscrito a la glándula o se normalizó producto de la radioterapia. Como no se cuenta con los antecedentes clínicos del paciente no es posible entonces sacar conclusiones en este sentido en base en este examen”.

Estas conclusiones son coherentes con declaraciones hechas por la viuda de Neruda, Matilde Urrutia, a algunos medios españoles en 1974 y que aparecen en el citado expediente judicial, cuyos contenidos están protegidos en Chile por el secreto del sumario.

En una nota publicada por la revista Pueblo del 19 de septiembre de 1974 Urrutia sostiene que “el cáncer que padecía (Neruda) estaba muy dominado y no preveíamos un desenlace tan repentino. (Neruda) no alcanzó ni a dejar testamento pues la muerte la veía muy lejos”.

Matilde dio ese mismo mes una entrevista a la agencia EFE en la que ratificó su postura: “No lo mató el cáncer. Los médicos, a los que habíamos visto unos días antes, le dijeron que lo habían atajado y que podría vivir unos años más”. Estas declaraciones aparecen citadas en el reportaje “Sombras sobre Isla Negra”, del español Mario Amorós, publicado el 22 de julio de este año en la revista Tiempo, de España.

El último punto –el número cinco– de las conclusiones del informe médico antes mencionado subraya la necesidad de contar con las fichas clínicas de Neruda y la biopsia. Estos antecedentes no han sido facilitados por las instituciones tratantes pese a que el juez Carroza los solicitó en virtud de la diligencia tramitada por los querellantes, los dirigentes del Partido Comunista de Chile representados por el abogado Eduardo Contreras.

El 28 de julio, Contreras solicitó que la clínica Santa María facilite la historia clínica del Premio Nobel. El 22 de agosto el doctor Cristián Ugarte Palacios, director médico de dicho centro de salud respondió: “Atendido el tiempo transcurrido debo informar al Sr. Ministro que nuestra clínica no mantiene la información que se solicita”.

En entrevista con Proceso Contreras expresa que esta desaparición de los antecedentes de Neruda “es imposible de imaginar, no sólo porque tienen la obligación de preservarlos puesto que la ley dispone que los hospitales públicos y clínicas privadas deben mantener las fichas por al menos 40 años. Además hay que considerar que no estamos hablando de un paciente desconocido… Se trata del historial médico de uno de los dos únicos premios Nobel que ha tenido Chile. Por lo tanto parece bastante curioso y sugestivo que no exista su ficha en la clínica Santa María”.

El jurista señaló que un prestigiado grupo de oncólogos, cuya identidad prefirió por ahora mantener en reserva, analizó diversos exámenes médicos realizados al poeta en su último año de vida. Según Contreras estos llegaron a la conclusión de que “no es posible aceptar que haya muerto de cáncer, que no hubo tal caquexia, que todo ello sería absolutamente falso”.

Añadió Contreras: “Según me han explicado la caquexia produce un estado de abandono donde la persona es prácticamente un cadáver que no puede siquiera hablar. Y resulta que Pablo habló hasta el último minuto, no sólo con el embajador de México, Gonzalo Martínez Corbalá, sino también con otras personas”.
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Martínez Corbalá, en un testimonio publicado en este semanario (número 1804) señala que el sábado 22 de septiembre de 1973 acudió a la clínica para informarle que todo estaba listo para que él y su esposa Matilde pudieran viajar a México. Afirma que “el semblante del poeta había mejorado. Y también su ánimo (…) Se veía muy dueño de sí mismo y me atrevería a decir que hasta un tanto optimista”.

Todo esto habla de un Neruda que no estaba moribundo como señalan los partes médicos hasta ahora aceptados como la verdad oficial sobre los últimos días de Neruda.

En la foja 206 del expediente judicial aparece el testimonio de Rosa Núñez, enfermera de Neruda de 1960 a 1973. “Dos años después de la muerte de don Pablo, un verano la señora (Matilde Urrutia) me vino a visitar. Me dijo que sospechaba que a su marido lo habían matado en la clínica, posiblemente con alguna inyección. Fue la última vez que la vi”.

Esta declaración aparece en la nota “La soledad del capitán”, del periodista Javier García y publicada en el diario La Nación el 18 de septiembre de 2005.


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À L'UNE DU  JOURNAL EL MERCURIO DU 23 SEPTEMBRE 1973
Coincidentemente el diario chileno El Mercurio publicó el 24 de septiembre de 1973 –un día después de la muerte de Neruda– que éste murió “a consecuencia de un shock sufrido luego de habérsele puesto una inyección”.

En el reportaje ¿Quién mató a Pablo Neruda?, publicado el pasado 6 de septiembre por la Revista Ñ, del diario Clarín de Argentina, el médico Sergio Draper –que atendió a Neruda en la Clínica Santa María– declaró:

“(A Neruda) lo vi solamente un instante el domingo 23 de septiembre, a mí no me correspondía atenderlo. Ese día la enfermera de turno me dijo que aparentemente Neruda sufría de mucho dolor, le dije que se le aplicaría la inyección indicada por su médico, si mal no recuerdo fue una dipirona… Ordené que se le diera una inyección indicada por su médico. Fui nada más que un interlocutor. Es el colmo que estemos constantemente bajo sospecha”.

Draper ya había declarado como testigo en el juicio por el asesinato del presidente Eduardo Frei verificado en la misma clínica Santa María, en enero de 1982.

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REVISTA Ñ 


Obstáculos

En la foja 113 del expediente figuran las declaraciones de numerosas personas vinculadas con la Fundación Neruda, todos los cuales rechazan la posibilidad de que el poeta haya sido asesinado. Y lo hacen desacreditando a Manuel Araya.

Entre estas personas destaca el cantante y documentalista Hugo Arévalo. Sostiene que “el día 18 de septiembre (1973) y ante los rumores de la eventual muerte de Neruda viajé junto a Charo Cofré (su esposa) a Isla Negra en nuestra citroneta (Citroen AX330) y al llegar a la casa de Pablo nos atendió una persona que se identificó como su chofer (Araya)”.

“Más adelante Arévalo señala que el poeta “no podía caminar y se sentía desmoralizado” y que les comentó que el embajador de México en Chile le ofreció sacarlo del país. A pesar de su angustia Neruda habría celebrado con ellos el 18 de septiembre (aniversario de la independencia) “motivo por el cual nos mandó a comprar unas empanadas”, afirmó Arévalo.

En entrevista con Proceso Manuel Araya señaló que el relato de Arévalo –que es refrendado por su mujer– “es absolutamente falso”. Afirma que ni Arévalo ni su esposa estuvieron en Isla Negra los días posteriores al golpe y que nadie podía ir a verlos porque los militares que custodiaban la casa impedían el ingreso de visitas. Además señaló que nunca se tomó vino ni comieron empanadas en esos días “porque no estábamos de ánimo”.

Según Arévalo él y su mujer se habrían quedado a dormir aquel 18 en Isla Negra. Y al día siguiente habrían acompañado en caravana a Neruda y Matilde en su viaje hasta la clínica Santa María. En entrevista concedida a la revista Rocinante en mayo de 2003, Cofré reconoció que Araya participó en esos hechos. Y que lo hizo manejando el Fiat 125 de Neruda mientras que Pablo y Matilde iban en la ambulancia. Pero en su declaración judicial Cofré omite este hecho. Araya por su parte niega tajantemente que ese matrimonio haya estado en aquel momento.

Las declaraciones de Cofré y Arévalo no fueron solicitadas por los querellantes ni por el juez Carroza. Contreras se pregunta: “¿Cuál es la influencia de la Fundación Pablo Neruda para conseguir que declaren personas que no han sido convocadas a hacerlo? Y lo digo a propósito de que hay una curiosa preocupación de la Fundación Neruda por apoyar la investigación, o mejor dicho por inclinarla con un sesgo. Entonces me pregunto: ¿Por qué podría importarles tanto?”. Y él mismo se responde: “Pienso que la Fundación tiene intereses, que no le manchen su ícono del marketing”.

Matilde Urrutia mencionó repetidamente en sus memorias –Mi vida junto a Pablo Neruda– a Manuel Araya: “Ya se acercaba la tarde y mi chofer no había aparecido. El día anterior me dejó en la clínica (…) era la única persona que tenía cerca para ayudarme… Pobre muchacho que vagabundeaba con Pablo por mercados, por casas de antigüedades… él había desaparecido con nuestro coche y con él yo perdía la única persona que me acompañaba en todas las horas del día”.

samedi 20 août 2011

TINA MODOTTI, PHOTOGRAPHE AU RÉFLEX SOCIAL

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TINA MODOTTI. PHOTO EDWARD WESTON 1924

Ils ont marqué l'histoire de la photographie. Suite de notre série d'été avec l'Italienne Tina Modotti, témoin du Mexique post-révolutionnaire des années 20.
Luc Desbenoit

Tina Modotti s'est longtemps demandé comment concilier photographie et engagement politique. Sa réponse est peut-être dans l'image de ce paysan mexicain les mains serrées sur sa bêche. Effacée devant son sujet, l'artiste ne cherche pas à nous apitoyer sur la condition misérable de l'hom­me. Elle s'en approche jus­qu'à le toucher, soucieuse de souligner l'élégance de sa pose. La photo est simple, belle, sincère. « J'essaye de réaliser non de l'art mais d'honnêtes photographies », disait-elle avec modestie. Elle aurait pu être l'une des pho­­tographes les plus adulées du XXe siècle. Elle a préféré suivre un autre chemin.

Star du théâtre

Née en 1896 dans le nord-est de l'Italie, Tina Modotti travaille dès 13 ans dans une fabrique de soie pour aider sa famille à survivre. A 17 ans, elle émigre en Californie. Son intelligence et sa beauté la font devenir la star du théâtre italien de San Francisco. Après une brève carrière à Hollywood, où elle joue en 1920 le premier rôle du film muet The Tiger's Coast, elle pose pour le grand photographe Edward Weston. Il tombe amoureux d'elle, abandonne femme et enfants à Los Angeles et s'installe avec elle, en 1923, à Mexico.

La personnalité de Tina Modotti se remarque. Elle fume la pipe et s'affiche comme la première femme portant des jeans à Mexico. Weston et elle créent un studio photo qui croule bientôt sous les commandes. Leur maison devient le lieu de rendez-vous des artistes et des intellectuels ; c'est chez eux que le peintre Diego Rivera rencontre Frida Kahlo. Initiée à la photo par Weston, Tina Modotti égale bientôt le maître par la pureté de compositions au bord de l'abstraction, comme avec les arches du couvent de Tepotztlán ou les formes géométriques naturelles des motifs floraux. Son travail est loué par Diego Rivera.

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ARCHES DU COUVENT DE TEPOTZTLÁN 1926. PHOTO TINA MODOTTI

Pas de pitié

Une carrière prometteuse s'ouvre à elle. Mais Modotti préfère se battre aux côtés du Parti communiste mexicain contre les inégalités qui déchirent encore le pays vingt-cinq ans après la révolution. Lorsqu'elle reprend son appareil, c'est pour témoigner de la misère, sans inspirer la pitié. Ses images de femmes pauvres dans l'isthme de Tehuantepec célèbrent leur fierté. Souvent, Modotti se concentre sur une partie du corps, mains de femmes faisant la lessive ou pieds masculins déformés par l'âge. Avec ces images, elle cherche à rapprocher le sujet du « regardeur », à permettre à celui-ci de s'identifier aux autres. A montrer leur part commune d'humanité.

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TINA MODOTTI. PHOTO EDWARD WESTON
Elle paye cher ses engagements. Son activité militante lui vaut d'être brutalisée par la police mexicaine, qui lui impute le meurtre de son amant, un révolutionnaire cubain. La presse la traite de « femme de petite vertu », photos à l'appui. En l'occurrence, les magnifiques nus qu'a pris d'elle Weston et qui sont entrés dans l'histoire de l'art. Tina Modotti est expulsée du pays en 1930. Elle se rend à Berlin, puis en URSS, avant de rejoindre en Espagne les rangs des républicains pendant la guerre civile. Elle se lie d'amitié avec Malraux, Hemingway et Dos Passos. Robert Capa tente de la convaincre de photographier à nouveau. Elle refuse, ne croit plus au pouvoir de la photographie pour changer le cours des choses. En 1939, elle retourne sous un nom d'emprunt à Me­xico, où elle meurt, trois ans plus tard, d'une crise cardiaque. Pablo Neruda a composé pour elle une élégie, gravée sur sa tombe, qui se termine par ces mots : « ton cœur était brave ». Il n'y a rien à ajouter.